1 Corintios 3:9
Día
19
Devocional
escrito por Mónica Marchi de Massera
1 Corintios 3:9 Porque nosotros somos colaboradores de Dios…
¡Qué
hermoso texto nos regala El Señor en el día de hoy!
Esta primera Epístola del Apóstol Pablo a la Iglesia de Corinto fue escrita en respuesta a una anterior que le enviaron los corintios a Pablo informándole sobre algunas cuestiones que estaban ocurriendo en su Iglesia.
Ø El tema central de esta
carta podría resumirse básicamente en la conducta que debe mostrar un Hijo de
Dios.
Esto se debe a que en la Iglesia de Corinto estaban sucediendo conflictos y roces entre los Hermanos, principalmente debido a la carnalidad; lo cual preocupaba mucho a Pablo.
1Corintios 3:1-4 De manera que yo, hermanos, no pude hablaros como a
espirituales, sino como a carnales, como a niños en Cristo. 2 Os di a
beber leche, y no vianda; porque aún no erais capaces, ni sois capaces
todavía, 3 porque aún sois carnales; pues habiendo entre vosotros
celos, contiendas y disensiones, ¿no sois carnales, y andáis como hombres? 4 Porque
diciendo el uno: Yo ciertamente soy de Pablo; y el otro: Yo soy de
Apolos, ¿no sois carnales?
Como podemos apreciar, esto preocupaba (y molestaba) mucho a Pablo, ya que no entendía cómo los hermanos seguían comportándose como simples carnales después de haber recibido las enseñanzas de su padre espiritual.
Pablo se esforzaba en hacerles entender (y hoy en día esto va para nosotros también) que no importa qué puesto o “cargo” tengamos en la Iglesia, lo importante es que todo lo que hagamos, lo hagamos por y para Dios; Quien, a última instancia, es el que da el crecimiento a las almas recién convertidas.
Seguimos
analizando el capítulo 3
1Corintios 3:5-8 ¿Qué, pues, es Pablo, y qué es Apolos? Servidores por medio de los cuales habéis creído; y eso según lo que a cada uno concedió el Señor. 6 Yo planté Apolos regó; pero el crecimiento lo ha dado Dios. 7 Así que ni el que planta es algo, ni el que riega, sino Dios, que da el crecimiento. 8 Y el que planta y el que riega son una misma cosa; aunque cada uno recibirá su recompensa conforme a su labor.
Como vemos, cada uno en la Iglesia cumple y tiene una función distinta y diferente a la del otro Hermano.
Ni
más, ni menos importante: distinta y diferente.
Esto
es lo que Pablo les quería hacer entender a los corintios, y hoy nos lo
recuerda a cada uno de nosotros.
Y
así es como llegamos al versículo que Dios nos presenta en el día de hoy:
1 Corintios 3:9-11Porque nosotros somos colaboradores de Dios, y vosotros sois labranza de Dios, edificio de Dios. 10 Conforme a la gracia de Dios que me ha sido dada, yo como perito arquitecto puse el fundamento, y otro edifica encima; pero cada uno mire cómo sobreedifica. 11 Porque nadie puede poner otro fundamento que el que está puesto, el cual es Jesucristo.
Efectivamente,
este tema le inquietaba, y mucho, al Apóstol Pablo; a tal punto que el capítulo
3 termina así:
1 Corintios 3:18-23 Nadie se engañe a sí mismo; si alguno entre vosotros se cree sabio en este siglo, hágase ignorante, para que llegue a ser sabio. 19 Porque la sabiduría de este mundo es insensatez para con Dios; pues escrito está: Él prende a los sabios en la astucia de ellos. 20 Y otra Señor conoce los pensamientos de los sabios, que son vanos. 21 Así que, ninguno se gloríe en los hombres; porque todo es vuestro: 22 sea Pablo, sea Apolos, sea Cefas, sea el mundo, sea la vida, sea la muerte, sea lo presente, sea lo por venir, todo es vuestro, 23 y vosotros de Cristo, Cristo de Dios.
De manera que todo el capítulo nos interpela y nos confronta con nosotros mismos como Hijos de Dios y como miembros de una Iglesia: ¿Cómo estamos actuando? ¿Cómo nos estamos comportando con nuestros Hermanos? ¿Cómo estoy creciendo en mi vida cristiana?
Al desmenuzar el verso 9, yo me planteaba (El Señor me traía al corazón): ¿Soy colaborador de Dios, o soy labranza de Dios? ¿Estoy creciendo espiritualmente o aún sigo con mis cuestiones “carnales”? ¿Acepto, tomo y respeto las opiniones de mis Hermanos mayores o todavía quiero seguir “haciendo la mía”’
Esta,
y quizás muchas otras preguntas más deberíamos hacernos como cristianos y como
miembros de una Familia Cristiana: Nuestra Iglesia.
Estamos todos de acuerdo en que ser colaboradores de Dios es un honor y un privilegio, ¿Verdad?
Pero semejante “cargo” implica, no sólo responsabilidad, sino también empatía, amor a las almas, pero, sobre todo, humildad y sumisión a Dios y una gran dosis de OBEDIENCIA.
Si queremos ser realmente colaboradores de Dios, humillemos cada día nuestra humanidad y nuestra carnalidad a la obediencia y rendición a Cristo.
Que El Señor todos los días queme con el Fuego del Espíritu Santo nuestro ser interior y nos vaya purificando en todo momento.
Esta
debería ser nuestra oración y nuestros anhelos diarios, para que El Señor nos considere
verdaderamente sus colaboradores.
Dejemos ya las niñerías y empecemos a caminar realmente como adultos espirituales; alimentándonos con la comida sólida de la Palabra de Dios.
¡Es mi deseo para cada uno de mis Hermanos y para mi propia vida!
¡¡¡Dios
los Bendiga!!!